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SAGA CON PASIÓN AMOR A LA VICTORIA

Renault en el negocio de la alta velocidad

Se trata de la pasada en cámara lenta de un momento crucial en las carreras de autos; en la odisea fabulosa de Renault, y en la historia sin fin, de la Fórmula 1

René Arnoux

Jean-Pierre Jabouille

Gilles Villeneuve

Fernando Alonso

Carlos Sainz

renco press. México. 28 de octubre de 2017. Ángelo della Corsa. No esto que se va a contar sino que mil y una cosa o suceso del hombre que ha hecho historia, se ha detonado con una pasión loca. Como los grandes amores entre dos corazones, las hazañas más señaladas también han dado inicio con un ensueño.

Francia no nació por generación espontánea. Estaban desde antes los galos, los celtas. También en la imaginación de los chiquillos, Astérix. Sin detenerse mucho en Vercingétorix y sus días aciagos. Para decir entonces, de los tipos rudos de La Galia y la repetición de aquello que le era tan grato a Roma (el mundo de entonces). El Circo.

Y hablar tan sólo de dos perlas que siguen siendo testigos mudos, entre tantos, Arles y Nimes: sus cosos a la romana.

Quienes sabían del furor circense conocían de los choques entre los humanos y las bestias; las batallas que enzarzaban a los gladiadores; de modo, que eran también grandes entendidos de la velocidad, gracias a los carros tirados por caballos que salían despavoridos para dar fin a una situación muy simple: llegar el primero. Y recoger los laureles del triunfo.    

Hay razas que lo traen en los genes. El vértigo. La sed de la victoria. Simplificado como el gusanito de las carreras a toda velocidad, yendo sobre ruedas. Que, cuando está ese caldo de cultivo, sale como de un botellín, el genio.

Una cosa es que haya un inventor y otra de más altura, cuando él es, un acabado soñador.

Sí. Uno de los tres hermanos Renault: Louis, Fernand y Marcel.

EL LINAJE RENAULT

Poner el punto sobre la “i”. Y señalar al más joven, a Louis Renault. A quien se le recuerda inventando cachivaches, modificando esqueletos con ruedas, hasta construir una voiture.

Loco por las carreras, participa en ellas desde la década previa al siglo veinte. Y para 1910, ya está al frente de Automóviles Renault –empresa de vehículos de cuatro ruedas– que desde sus inicios trae el contagio de la competición con muchos caballos de fuerza.

En efecto. Monsieur Renault amaba a los coches, pero su fascinación íntima eran los “deportivos”. Y ese es el hechizo que ha estado siempre detrás y por dentro de tal símbolo universalmente conocido, el rombo amarillo.

En las pistas, donde se dirime lo que es pura-sangre, dejando atrás al resto: ahí ha estado Renault como los mejores, al lado de los mejores y por encima de los mejores.

Pero no sólo eso, sino que lo hace en el presente y estará en el porvenir.

Sin hacer un Pit Stop en la importancia de la marca de autos francesa y sus coches de pasajeros: qué mejor, que pasar directo al ventrículo izquierdo de su magnificencia. Ahí, en donde está su núcleo del ímpetu inherente desde el principio: un bólido capaz de ganarles a todos. Y no en las carreras sin pedigrí. Sino en las meras buenas.

UNA VICTORIA

Es el domingo primero de julio de 1979 en el trazado francés de Dijon-Prenois que se celebra el LXV Gran Premio de Francia. La noticia deslumbrante ya ni es esperada por la afición local. Han sido tantas veces dados los avisos de que “ahí viene el lobo”, que ya nadie cree que llegará. De manera que se descarta que un Renault gane.

Además, en la punta, es tan intensa la batalla entre Gilles Villeneuve y Jody Sheckter de Ferrari, perseguidos por Alan Jones de Williams, de manera que con claridad, es entre ellos que se gastará el protagonismo.

Vale la pena traer el recuerdo de aquello que fue la locura para el deporte motorizado de Francia: en la 80ª y última vuelta de la carrera: René Arnoux con uno de los Renault, está a la altura del Ferrari de Gilles Villeneuve que hace chillar sus ruedas pero mantiene la trayectoria. Cruzan la curva de lado a lado y Villeneuve no cede en la “S” de –La SablièreArnoux muerde en el polvo y comienza la segunda “S” con el coche amarillo en desequilibrio, para salir proyectado hacia las márgenes.

Villeneuve lanza el bólido rojo a su mano derecha, pero de repente gira mal en la Curva 4 cogiendo la trayectoria por la lateral equivocada. No se sale ni una pulgada del terreno del trazado, pero se ve obligado a despistarse ligeramente al llegar a la horquilla. Arnoux, parece que ha perdido la carrera porque su motor de Renault ya tose.

Ha regresado como "de la nada" Gilles, y desborda a Arnoux que se queda detrás, en el interior de la Parabólica. Las ruedas rozaron… …pero Villeneuve es es quien ocupa ahora el segundo lugar.

Con los frenos chorreando, el argentino Carlos Alberto Reutemann de Lotus, hace contacto con Keke Rosberg de Wolf, en “Gorgeolles” y pone fin a su carrera; se queda en la escapatoria.

Viene lo bueno, ya que: Jean-Pierre Jabouille ha cruzado la meta como el ganador. Detrás de él, René Arnoux acurrucado viene exhalando detrás de Villeneuve; el de Francia, trató de tomar toda la aspiración de su turbo, pero ya era demasiado tarde.

Los héroes que reciben la bandera a cuadros: primero un francés; segundo un canadiense; con otro francés, que llega en el tercer lugar. La multitud grita y aplaude delirando. Exaltada.

No es nada más que haya dos coches amarillos en el podio, es que ha ganado Francia y por qué no, el mundo. Que conocerá muy pronto la calidad de la dulzura, a toda velocidad.

Jones terminó cuarto con un Williams; seguido por Jean-Pierre Jarier de Tyrrell y de Clay Regazzoni con otro coche de Frank Williams. Luego vinieron: Jody Scheckter de Ferrari y Jacques Laffite con el Ligier, que han sido las dos grandes decepciones del día.

También: Keke Rosberg; Patrick Tambay y John Watson de McLaren; el mexicano Héctor Alonso Rebaque de su propio Team, con un Lotus; Riccardo Patrese y Jochen Mass con los March; Elio de Angelis sobre un Shadow; Bruno Giacomelli de Alfa Romeo y, Jan Lammers con el otro Shadow.

Scheckter, G. Villeneuve y Jones son los tres primeros en el torneo mundial.

Por equipos, el campeón es Ferrari, mientras que Renault queda en el sexto lugar. Es apenas una probada de lo que vendrá después.

El campeonato de 1997 sufrió aquella ruptura tecnológica por ese hito maravilloso. Un Renault Turbo que gana después de 28 intentos con su propuesta innovadora, un motor diferente y mejor, que pronto va a hacer otro el modo de entender las carreras de coches en el mundo.

VOLUNTAD DE CAMBIO

Para mejorar. Y es que, de modo muy precoz, los ingenieros franceses aseguraban que con motores más pequeños y que consumieran menos gas: se podían hacer coches muy rápidos. Eso, a pesar de que Ken Tyrrell bautizara a los Renault de F Uno como las “Teteras Amarillas”. Echaban humo y calentaban la cosa, pero nada más.

Por eso, fue tan importante lo que ocurrió en 1979.

Poco más de 10 años antes, el fundador de la división sport Alpine, Jean Rédelé, había llamado a Bernard Dudot una mente muy ingeniosa que por entonces no llegaba ni a la treintena. Pasado apenas un tiempo, aparecía la novedad, ya en 1976 se probaba una maquinaría de 1,500 centímetros cúbicos que se alimentaba de aire a presión gracias a una turbina.

Experimentaciones sin detenerse, pasando por unas muy duras.

El turbo inflamaba la potencia en 200 caballos o más, pero al rato, tronaba. En la temporada de 1977 el coche amarillo con el motor turbo-aspirado, abandonó en las cuatro primeras justas. Nueve veces, un año después y hasta 20, enseguida. Pero en el GP francés ya platicado, se había alcanzado la victoria.

Algo parecido ocurrió con el motor V-10 atmosférico. Dudot decía, para quien quisiera entender, que es más razonable el número 10 para multiplicar, que el ocho o el seis. Y tenía razón.

Con el motor V-10, dominaron el mundo a placer.

La división que fabrica motores Renault, es otra cosa, aunque sea parte de lo mismo.

68 victorias y su contribución en 12 títulos son bien elocuentes. Asociados con los campeones del mundo implacables en la década de los años noventa en el siglo XX.

Y también, sin comparación ni rival al frente, en 2005 y 2006 en los que por fin la Casa del Rombo es campeona mundial con Fernando Alonso en el timón, haciendo de lado a Ferrari y a su máxima estrella Michael Schumacher.

Cosa de la pasión verdadera.
Como Renault, pocos.

¡A Mil Por Hora!

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